La confesión sacramental no es una entrevista para demostrar perfección ni un simple desahogo. Es el encuentro con la misericordia de Dios que perdona, reconcilia con la Iglesia y fortalece para recomenzar. El sacerdote actúa como ministro de esa misericordia y está obligado por el sigilo sacramental.
Antes: examen y contrición
Prepararse comienza con una oración al Espíritu Santo y un examen de conciencia sereno a la luz de la Palabra de Dios, los mandamientos y las responsabilidades concretas. No se busca fabricar una lista obsesiva, sino reconocer con verdad el amor recibido, el bien omitido y aquello que ha roto la comunión.
La contrición es el dolor por el pecado unido al propósito de no volver a pecar. Ese propósito no exige saber que nunca se caerá de nuevo; exige una decisión sincera de apartarse del pecado y poner medios razonables.
Durante: confesión y absolución
El penitente manifiesta sus pecados al sacerdote. La Iglesia pide confesar los pecados graves de los que se tenga conciencia después de un examen diligente, indicando su clase y número en la medida posible. También recomienda confesar los pecados veniales porque ayuda a formar la conciencia y crecer en la vida espiritual.
El sacerdote puede ofrecer una orientación y propone una penitencia. Después pronuncia la absolución, cuyo centro es la acción del Padre misericordioso por la Pascua de Cristo y el don del Espíritu. El penitente responde «Amén».
Después: gratitud y reparación
Conviene cumplir pronto la penitencia y, cuando sea posible, reparar el daño causado. El fruto del sacramento no es mirar continuamente el pasado, sino vivir reconciliado, recuperar la paz de la conciencia y crecer en caridad.
Si hace mucho tiempo que una persona no se confiesa, basta con decirlo al sacerdote: puede guiar paso a paso. Los horarios de confesiones publicados por una parroquia facilitan el encuentro, pero también puede pedirse razonablemente otro momento.