Una iglesia no se organiza como un salón cualquiera. Sus lugares principales ayudan a reconocer cómo actúa Cristo en la celebración y cómo participa la comunidad. La disposición concreta varía según la arquitectura, pero cada elemento posee una función propia.
El altar: mesa y signo de Cristo
El altar es el centro de la liturgia eucarística. Sobre él se presentan el pan y el vino y se celebra el memorial del sacrificio de Cristo. Es a la vez mesa del Señor y signo de Cristo mismo; por eso se besa, se inciensa en determinadas celebraciones y no debe convertirse en una superficie para objetos ajenos a la liturgia.
El ambón: la mesa de la Palabra
Desde el ambón se proclaman las lecturas, el salmo responsorial y el pregón pascual; también puede pronunciarse la homilía y formularse la oración de los fieles. Su estabilidad y dignidad muestran que la Palabra no es una introducción secundaria a la Eucaristía.
La sede: servicio de presidencia
La sede expresa el ministerio de quien preside la asamblea en nombre de Cristo. No es un trono honorífico. Su ubicación debe facilitar la comunicación con el pueblo y hacer visible el servicio de guiar la oración. Otros asientos corresponden a concelebrantes y ministros.
El sagrario: reserva y adoración
El sagrario guarda dignamente la Eucaristía, primero para poder llevar la comunión a enfermos y ausentes, y también para la adoración. Debe ocupar un lugar noble, visible, hermoso y apto para la oración. Una lámpara encendida indica la presencia del Santísimo.
Conocer estos lugares cambia la mirada: altar y ambón muestran las dos mesas de una única celebración; sede y asamblea recuerdan que la liturgia tiene ministerios; el sagrario prolonga la atención al don eucarístico.